Registro de un sueño – La promesa escrita

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Sueño del 11 de noviembre de 2025

He decidido compartir un sueño que tuve hace tiempo atrás. La mayoría de las veces escribo mis sueños en un cuaderno apenas despierto, antes de que se desvanezcan, pero este ha perdurado en mi memoria y siento que vivirá el recuerdo por mucho tiempo conmigo, como si se tratase de una vivencia real.

Todo comenzó con una vista amplia, como si algo estuviera suspendido en el aire observando desde lejos, el día era despejado, el cielo de un azul pálido y constante. Abajo se extendía una ciudad hecha casi por completo de edificios grises, de esos construidos únicamente para estacionamientos, estructuras altas y repetitivas, sin ventanas, sin anuncios, sin señales claras de vida. Todos los edificios se parecían entre sí, como si hubieran sido levantados siguiendo un mismo molde, sin intención de diferenciarse.

La mirada descendía lentamente hasta una azotea amplia en lo alto de uno de esos edificios, un estacionamiento vacío, líneas blancas marcadas en el suelo, barandales metálicos, concreto por todos lados. El lugar estaba en silencio, no había ruido de ciudad, ni viento, ni motores, todo parecía detenido.

A lo lejos se movían personas, aunque no podía verlas con claridad, eran sombras con forma humanoide, figuras oscuras que caminaban, se detenían o parecían conversar entre ellas. No tenían rostro ni rasgos definidos, se movían como si tuvieran cosas que hacer, como si pertenecieran a otro plano del lugar, ajenas a mí.

Después, la escena cambió.

Yo estaba recostado en el suelo del estacionamiento, profundamente cansado, no era solo cansancio físico, era una fatiga acumulada, como si llevara mucho tiempo sin descansar del todo. Mi cuerpo se sentía pesado y, a mi lado, estaba ella.

No se parecía a nadie que haya conocido en mi vida.

Tenía el cabello negro, lacio, a la altura de los hombros, con la división marcada al centro, el cabello caía de forma natural, enmarcando su rostro y cubriendo levemente las orejas, aunque estas seguían siendo visibles. Llevaba aretes de color verde jade, pequeños, discretos, de una forma que no logré distinguir bien. Algunos mechones suaves nacían cerca de las sienes y caían junto a la oreja, ligeros, ayudando a completar la forma circular de su rostro.

Su piel era morena clara, como si Tonatiuh la hubiera bronceado con cuidado. El rostro era armónico y tranquilo, las cejas lisas y bien definidas recorrían todo el largo del ojo. Sus ojos eran grandes, ligeramente rasgados, de color café, tenían una mirada serena y directa, de esas que se sienten cercanas sin necesidad de palabras. Mirarla no generaba nervios ni tensión, solo calma.

La nariz era pequeña, de punta redondeada, bien integrada al rostro, los pómulos eran delgados y suaves, marcando la estructura sin dureza. En el lado derecho, entre el labio superior y la mejilla, tenía dos lunares pequeños, alineados de forma horizontal, separados apenas por un centímetro. Sus labios eran delgados, pero largos, con una forma que transmitía serenidad y dejaba entrever una sonrisa tímida, la barbilla era pequeña, ligeramente cuadrada, llevaba también un collar de color verde jade.

Vestía una chamarra negra y debajo una camisa simple de color naranja, usaba una falda larga, por debajo de las rodillas, del mismo tono naranja. En los pies llevaba botas negras, algo desgastadas, pero limpias y bien cuidadas.

Mientras yo intentaba dormir, ella escribía en un cuaderno, no parecía apurada, su cuerpo se movía con tranquilidad. Detrás de ella había una luz, no era una luz común, era un resplandor morado que la envolvía por completo. Dentro de esa luz se podía ver movimiento constante, no era estático, parecía una ventana abierta al espacio.

En esa luz se distinguía una galaxia, todo se movía a gran velocidad, se podían ver estrellas desplazándose, girando, alejándose y acercándose. Luego, entre ese movimiento, aparecían planetas girando alrededor de un Sol, el giro era continuo, ordenado y rápido, no se sentía caótico, sino preciso, como si todo siguiera un mismo ritmo. La luz no deslumbraba, pero llamaba la atención de inmediato.

Después de un tiempo que no supe medir, sentí su mano apoyarse en mi hombro, fue un contacto suave, sin fuerza, lo suficiente para hacerme reaccionar. Mi cuerpo respondió de inmediato y giré con lentitud, como cuando uno despierta sin terminar de hacerlo.

Ella estaba frente a mí, sonriendo con los ojos cerrados, no era una sonrisa grande, era tranquila y natural. Su postura no cambió cuando la miré, me extendió el cuaderno y, al tomarlo, rocé sus dedos, el contacto fue breve, pero claro. Al abrirlo vi varias hojas escritas, había notas por todos lados, frases sueltas, palabras que no alcancé a leer con atención, mi vista pasó rápido por ellas y mi atención se detuvo en un mensaje en particular.

“Pronto terminaré mis actividades. Pronto tendremos tiempo de nuevo para salir, vernos y pasar el rato juntos otra vez.”

Al leerlo, sentí una tranquilidad inmediata, la respiración se volvió en algo más relajado y el cuerpo se sintió en paz. No fue una emoción intensa, fue algo simple, una sensación de estar bien, de no tener que sostener nada más. Me sentí acompañado de una forma clara, sin vueltas.

Intenté incorporarme y, al mismo tiempo, acercarme a ella para abrazarla. Yo estaba completamente feliz y lleno de energía, pero esa energía no se reflejaba en mi cuerpo. El cuerpo no respondía de forma inmediata como lo haría de forma natural, los brazos se movieron con lentitud, era una sensación como si tuviera algo pesado sobre ellos, pero a la vez no lo sentía, solo costaba moverlos y al intentar apoyarme sentí que el suelo se hundía y no dejaba que me acercara. Todos los movimientos fueron torpes, desordenados. Entre tanto esfuerzo, hubo un punto donde ya estaba a punto de alcanzarla, de cerrar los brazos a su alrededor, cuando todo se detuvo de golpe y desperté.

Todo desapareció de forma inmediata de mi mente, un mundo desapareció. La calma se fue, el cuerpo volvió a sentirse pesado, incómodo, como si algo hubiera sido retirado de repente. La sensación se fue tan rápido como había llegado y quedó una tristeza extendida en todo mi ser, una tristeza familiar, parecida a otras que he vivido en la realidad.

Permanecí ahí unos momentos, acostado, sin moverme, dejando que el peso regresara por completo al cuerpo. Después, me incorporé lentamente y me quedé sentado sobre la cama, en silencio, pensando en el sueño, tratando de retener cada detalle antes de que se desdibujara. Encendí la lámpara, busqué mi cuaderno y comencé a escribir, anotando todo lo que recordaba, con la urgencia de no perderlo, antes de volver a recostarme y caer dormido otra vez.

La mujer, como mencioné, no era alguien en específico, era un rostro que nunca había visto antes. Aun así, al despertar, su imagen se quedó grabada en mi mente, acompañada de la sensación de paz que me dio el sueño. A veces regresa sin aviso. No es alguien real, y lo sé, pero ¿fue real lo que sentí? Fui feliz por un instante en otro lugar, no es bueno ni malo, es algo que ocurrió y que ahora forma parte de mí, como una pequeña felicidad guardada.

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