Desde hace muchos años he guardado una pregunta que va y viene, no termina de irse. Apareció por primera vez en la preparatoria, durante las clases de filosofía. En ese entonces no era un alumno destacado ni particularmente aplicado. Era más bien promedio. Incluso la filosofía me aburría. Sin embargo, mientras escuchaba hablar de los viejos maestros, algo empezó a incomodarme por dentro. No era interés académico, era una duda silenciosa.
¿Cómo se originaron todos esos pensamientos que estábamos estudiando?
Más adelante, en la universidad, la pregunta regresó desde otro lugar. Ya no desde la filosofía, sino en clases de programación. Mientras aprendía lenguajes de programación, redes, gestión, empecé a preguntarme cómo llegamos hasta ahí. Cómo surgió por primera vez la idea de una lógica, una abstracción, una forma de decirle a una máquina qué hacer. Con el tiempo la duda seguía ahí, sin resolverse. Volvió a aparecer con más fuerza en 2020-2025, viendo películas, escuchando música, observando artes visuales, series de animación, videojuegos y leyendo historias. La inquietud se volvió más amplia. Me sorprendía la cantidad de imaginación necesaria para crear todo eso. No solo la técnica, sino la idea inicial.
¿Cuál es el origen del pensamiento?
Hoy nacemos en un mundo donde pensar ya está dado. Aprendemos palabras, ideas, conceptos. Nos movemos dentro de ellos casi sin notarlo. No surge la idea de cómo apareció todo eso por primera vez. Simplemente lo heredamos. Pero en la evolución del ser humano, ¿cómo ocurrió ese inicio? No me refiero a una explicación científica o biológica, que existe y es importante, sino a la experiencia humana. A lo que pudo haber pasado por dentro.
Entre 2019 y 2022 comencé a escribir notas de manera intermitente, en cuadernos y en la computadora. No como un hábito constante, más bien como intentos. A finales de 2024 retomé la escritura con más intención y durante 2025 se volvió algo más presente. Fue en ese regreso cuando la pregunta volvió con claridad. En noviembre, durante vacaciones, recordé esa duda y decidí por fin escribir un primer borrador. No para responder la pregunta, sino para dejarla existir.
Yuval Noah Harari plantea en su libro Sapiens de animales a dioses (2014) que el gran salto de nuestra especie no fue biológico, sino mental. Algo cambió en la forma en que los humanos pensaban, imaginaban y narraban la realidad. El lenguaje dejó de servir solo para advertencias inmediatas como peligro o comida y comenzó a crear realidades invisibles. Historias compartidas, mitos, identidades, ideas que no existen físicamente pero que organizan la vida en común. A partir de ese cambio, los humanos no solo reaccionaban al mundo, también vivían dentro de relatos. Su obra la leí alrededor de 2018, cuando encontré su libro por primera vez mientras paseaba por una tienda.
Pero antes de que esas realidades fueran colectivas, alguien tuvo que vivirlas por primera vez.
¿Qué eslabón de nuestra evolución fue el primero en pensar?
¿Qué llegó a su mente en ese instante?
¿Escuchó algo que no venía del exterior?
¿Reconoció esa experiencia como propia o le resultó extraña?
El psicólogo Julian Jaynes, cuyas ideas conocí a través de la lectura alrededor de 2020, propuso una hipótesis inquietante en su obra El origen de la conciencia (1976). Sugirió que los humanos antiguos pudieron no experimentar el pensamiento como lo hacemos hoy. Aquello que ahora reconocemos como voz interior pudo haber sido vivido como algo externo. Mandatos, presencias, voces que no se entendían como propias. Según su hipótesis, la conciencia reflexiva apareció gradualmente y ese primer pensamiento consciente no habría sido claro ni ordenado, sino confuso. Pensar pudo haber comenzado como algo que se escucha antes de comprenderse.
En lo personal, mi forma de pensar suele sentirse como una discusión interna. A veces como si hubiera uno o varios yo conversando entre sí. Es una manera que me resulta natural para elaborar ideas, cuestionarlas, contradecirlas. No sé si realmente existe un otro yo o si es solo una forma de nombrar el proceso. Es una experiencia que quiero explorar en otra nota. Pero al leer a Jaynes, esa sensación encontró un acompañamiento. No como explicación, sino como espejo.
Desde otro ángulo, la filósofa Susanne Langer, a cuya obra llegué también alrededor de 2020, abordó esta cuestión en su libro Filosofía en una nueva clave (1942). Para ella, el pensamiento humano no nació como una respuesta directa al mundo, sino como la capacidad de crear símbolos. Formas mentales que representan lo ausente, lo imaginado, aquello que no está frente a nosotros. A diferencia de las señales inmediatas, los símbolos no empujan a una acción automática. Abren una idea. Antes de comunicar una experiencia, alguien tuvo que concebirla en silencio.
Podemos imaginar al ser humano ancestral en un momento simple. No cazando, no huyendo, no respondiendo a una amenaza inmediata. Tal vez observando algo que no exige acción. El cielo al caer la tarde. La sombra de un objeto. El sonido repetido del viento. En ese instante no hay una señal que obligue a reaccionar, sino una experiencia que se queda suspendida. Algo que no está del todo afuera ni del todo adentro. Ahí aparece la imagen mental, la representación de algo ausente. No como una orden, sino como una idea. No hay urgencia. Hay silencio. Ese gesto, pequeño y extraño, es el que Susanne identifica como el origen del pensamiento simbólico.
Hoy, en cambio, nuestra experiencia suele ser distinta. Nos movemos entre estímulos que exigen respuesta inmediata. Mensajes, tareas, notificaciones, decisiones prácticas. Pensamos, sí, pero casi siempre para actuar. Para resolver. Para continuar. Rara vez nos detenemos frente a una experiencia sin convertirla de inmediato en algo útil. Los símbolos ya están ahí, dados, funcionando solos. No necesitamos imaginarlos de nuevo. Habitamos un mundo lleno de significados que no construimos, sino que heredamos y usamos de forma automática.
Tal vez por eso resulta tan difícil conectar con ese tipo de pensamiento del que habla Susanne. No porque haya desaparecido, sino porque nuestra evolución nos ha llevado a comprender el mundo que nos rodea y lo que ocurre en nuestro interior sin asombro. Pensar ya no se vive como algo extraño, sino como algo dado.
En el día a día pensamos y actuamos casi de forma automática. Enfrentamos situaciones, tomamos decisiones y aplicamos experiencias previas sin detenernos a preguntarnos de dónde surgió ese pensamiento o por qué sabemos qué hacer. La vida nos mantiene ocupados con actividades necesarias para sostenernos. Siempre ha sido así. No es algo bueno ni malo. Es parte de nuestra naturaleza y de nuestra evolución. Ya no sentimos la necesidad de explicar aquello que ocurre dentro de la mente, porque hemos aprendido a vivir con ello.
Tal vez por eso resulta tan difícil imaginar ese primer momento. Pensar pudo haber comenzado cuando alguien, por primera vez, se detuvo. Cuando dejó de reaccionar de inmediato y escuchó algo extraño dentro de sí. Algo que no venía del exterior y que tampoco sabía cómo nombrar. Quizá no entendió lo que estaba pasando, quizá solo sintió incomodidad, quizá se volvió loco al no saber que estaba experimentando su mente, dejar de comer, varias cosas. Ese gesto mínimo, casi invisible, pudo haberlo cambiado todo y nadie se enteró, fue algo invisible y progresivo en siguientes generaciones y evolutivas.
No hay una respuesta definitiva a esta pregunta. Es un enigma con el que probablemente viviremos durante mucho tiempo. Tal vez siempre. Para mí, lo importante es que no se pierda. Que no se cierre. Que siga formulándose en el futuro. Y si dentro de las leyes del universo existe alguna forma de comprenderla algún día, será algo extraordinario para quienes lleguen a vivirlo.