Solemos dar por sentado que el tiempo existe por sí mismo. Lo usamos para explicar el día y la noche, para contar días, horas, minutos y segundos. Lo entendemos como “lo que pasa”. Pero ahí surge la duda: ¿el tiempo es un fenómeno natural o es una idea que construimos para medir lo que ocurre?
No niego su existencia en la experiencia. Mientras lees esto, pasan segundos, el cuerpo envejece, el día se convierte en noche. El cambio es innegable. Sin embargo, “el tiempo” es el nombre que le dimos a ese movimiento continuo para hacerlo comprensible, para ordenarlo con números, relojes y calendarios.
Nombrar el tiempo es una forma de control mental. Nos permite organizar la experiencia y darle sentido al avance de nuestras vidas. No solo medimos lo que sucede, también medimos cuánto tiempo creemos que nos queda. Sin esa medida, quizá nuestra condición de animales conscientes no se habría completado. El tiempo es una de las estructuras con las que construimos significado sobre lo que nos rodea.
Desde ahí, el tiempo puede entenderse como fenómeno y como concepto. Se manifiesta en la materia, pero se organiza en la mente. Existe en lo que cambia y existe en la forma en que lo pensamos. No es una contradicción, sino dos niveles distintos de una misma experiencia.
El tiempo no existe. Ante el universo no hay tiempo, solo materia, energía y biología funcionando según sus propios mecanismos. La Tierra gira, los cuerpos cambian, las células nacen y mueren. Todo ocurre sin una referencia temporal externa. El tiempo no es un componente del sistema, es una interpretación que hacemos de su funcionamiento.
El tiempo existe. Existe porque los fenómenos tienen duración, secuencia y desgaste. Día y noche, años, materia transformándose, cuerpos celestes con ciclos definidos, estrellas con un tiempo promedio de vida. Todo proceso puede medirse. A esa continuidad observable y cuantificable la llamamos tiempo, y sobre ella organizamos nuestra vida.