El sonido que me ha acompañado toda la vida
Pasamos la vida acumulando canciones, pero solo unas pocas logran quedarse para siempre. No es solo la música lo que las retiene, sino ese hilo invisible que las amarra a un momento o a una necesidad que solo nosotros conocemos.
No recuerdo con exactitud la primera vez que escuché “Cuéntame tu vida“ de Caifanes, pero guardo intacta la imagen de las mañanas de fin de semana durante mi niñez, cuando mis padres dejaban que la música llenara cada rincón de la casa. En aquel entonces, sin acceso a bibliotecas digitales, la canción solo existía cuando la radio decidía concederla o si mis padres decidían poner el cassette. Esa espera le daba una magia especial, aunque más tarde, conseguí un CD pirata, esto lo convirtió en mi mayor tesoro musical de esos viejos años. Aun así, nada superó la mística de aquellos encuentros fortuitos a través de la radio.
Casi siempre la escuchaba a solas e incluso cuando estaba acompañado, como en los viajes familiares en coche rodeado de voces, ese momento seguía siendo exclusivamente mío. La canción lograba abrir un espacio íntimo y creaba un mundo donde nadie más podía entrar, transformando el aislamiento en un sentido de pertenencia. Con el paso de los años comprendí que, de forma indirecta, también estaba descubriendo a Caifanes. No fue por una búsqueda consciente de mi parte, sino por una herencia sonora que recibí de mis padres y que sirvió como la pieza inicial para empezar a dar forma a mis propios gustos musicales.
La música como refugio
Esa base familiar fue la que me permitió encontrar mi propio camino dentro de la música y así aprendí a percibir lo que esta pieza realmente me ofrecía. El inicio sigue siendo hasta hoy algo casi místico, con el sintetizador y la batería marcando un umbral en solitario justo antes de que entren la guitarra y el bajo para que la canción termine de presentarse por completo junto con la letra. En aquel entonces términos como rock gótico o darkwave no existían en mi mundo y la verdad es que no los necesitaba, porque lo único que importaba era que la música me hacía sentir algo real y me permitía descubrir un universo alternativo.
Ese mundo que se abría ante mí no tenía palabras, pero sí colores. Para mí, la canción es un espacio oscuro que poco a poco se ilumina en tonos azules y morados como un gradiente lento, donde el sonido de la guitarra crea ondas a mi alrededor como si las notas tuvieran cuerpo. No la escucho para analizarla sino simplemente porque me hace sentir bien, por eso prefiero usar audífonos siempre, ya que hay algo en ese gesto que vuelve la experiencia más honesta y cercana. Con el tiempo, este hábito incluso me sirvió para aprender a escuchar mejor, a distinguir instrumentos y buscar una fidelidad sonora que no es una obsesión técnica, sino una forma de intimidad, aunque cuando hay bocinas y espacio, la melodía también sabe acompañar perfectamente cuando estoy trabajando, o en una pausa del día.
La letra como testigo de la vida
Además de transportarme a ese mundo visual, la letra guarda un significado que ha evolucionado conmigo. Siempre ha sonado con más fuerza cuando conozco a alguien especial, pero nunca la he dedicado porque siento que debo guardarla para algo todavía más profundo. Para mí, “Cuéntame tu vida” es el anhelo de escuchar y ser escuchado, de abrirse desde una vulnerabilidad que no es debilidad sino una conexión real. Sin embargo, al no haber encontrado aún a esa persona especial, la letra se transforma en una pregunta que insiste sobre mi propia existencia.
Cuando escucho esos versos:
Cuéntame tu vida
Cuéntamela toda
Dime si estoy vivo
Si todavía respiro
Siento que no es solo una petición hacia alguien más, sino una sospecha interna de que, al no tener a quién escuchar, yo mismo he dejado de estar presente. Surge entonces la incertidumbre de que, si no he conocido a alguien que me cuente quién es, quizás es porque ya no sé si estoy vivo para los demás, viviendo una especie de muerte en vida. Es ahí donde aparece la parte más cruda, esa que me deja frente al vacío:
Esa angustia de tener seco el corazón
Cuéntame algo que si no voy a enloquecer
Cuando escucho esos versos, reconozco en mí esa misma aridez, el miedo de que mi corazón se esté secando o ya lo esté, por no encontrar con quién hablar. Es ahí donde la canción se vuelve un refugio necesario, pues refleja la angustia de saber que, sin esa historia compartida que tanto anhelo, la soledad deja de ser un espacio íntimo para convertirse en una forma de locura que amenaza con apagarme.
Una compañía constante
He perdido la cuenta de las veces que he necesitado estas notas para comprobar que sigo vivo. A pesar de lo triste que pueda parecer, la canción me hace sentir bien porque me devuelve la lucidez. Es el recordatorio de que estar solo no es estar perdido, es el suelo firme que me sostiene justo antes del borde, asegurándome que, a pesar de todo, mi mente sigue siendo un lugar seguro, pues ha estado más presente en mis silencios que en mis celebraciones.
Varios años después, no pretendo que este texto referente a la canción sean mi biografía ni una declaración de principios, prefiero verlas como un recurso de supervivencia que me permite navegar cuando el vacío amenaza con volverse demasiado grande. Entiendo que este vínculo es estrictamente íntimo y me reconforta pensar que otros encuentren significados distintos, pues ahí radica la verdadera magia de la música, en su capacidad de ser un refugio diferente para cada mente. Por todo esto, hoy tengo la certeza de que esta canción ocupa el lugar número uno en la lista de canciones que han trazado mi vida. Al final, aunque no dicte quién soy, reconozco que funciona como ese andamio invisible que evita que me caiga, esta canción me acompaña, y en este viaje eso es más que suficiente.