El Falso Estoicismo

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En los últimos cinco años me he reconocido como alguien cercano al estoicismo, si me preguntan si sigo alguna filosofía de vida. Aunque cabe aclarar que no es mi filosofía de vida entera. No por moda ni por pose, sino porque al leer la filosofía encontré un nombre para algo que ya venía practicando desde mucho antes, aceptar la vida tal como llega, llorar cuando toca llorar y, con ello, seguir con la vida, cada día, dando otro paso.

No fue una disciplina aprendida en libros ni una serie de reglas autoimpuestas. Fue una forma de sobrevivir. De sostenerme cuando las cosas no salían, cuando el ánimo se rompía, cuando había que seguir sin tener todas las respuestas. Ya vivía así, sin saber cómo llamarlo.

Fue hasta el año 2022 cuando leí un post en Twitter/X sobre lo que se conocía como la filosofía estoica y en qué consistía. En ese momento apareció una sonrisa, había un nombre para lo que estaba experimentando. Ahí fue cuando empecé a estudiar el tema.

Nunca necesité frases dramáticas ni rutinas exhibidas. Simplemente aprendí a no huir de lo que dolía y a hacer lo que estaba en mis manos cuando todo lo demás escapaba a mi control.

A partir de ese momento, mi “algoritmo” en redes sociales empezó a llenarse de contenidos sobre estoicismo. “Creadores de contenido” en videos o imagenes, no había lecturas ni reflexiones, sino explicaciones simplificadas que prometían una forma correcta de vivir, rutinas, hábitos, actitudes supuestamente estoicas. Todo presentado como un manual de fortaleza personal y obvio, enfocado solo al hombre.

Por eso me resulta extraña, y a ratos incómoda, la forma en que el estoicismo se ha convertido en una moda en internet. Abundan hombres que se autodenominan “estoicos” como si fuera una insignia de superioridad, como si la filosofía fuera un disfraz de dureza o una versión elegante del mito del hombre invulnerable. Repiten citas fuera de contexto y las acompañan de imágenes de gimnasio o discursos con frases elocuentes.

El mensaje casi siempre es el mismo, no mostrar sentimientos, ser frío, ser cortante, mantenerse firme ante todo. Esa lectura no solo es pobre, también es falsa. El estoicismo no es una negación de la emoción ni un culto a la rigidez. Ni siquiera Marco Aurelio pensaba desde ese punto de vista.

Me pregunto en qué punto ocurrió esa deformación, o como siempre, una ola de “creadores” para vender algo aprovechando un “boom” del tema. Tal vez nace de una mezcla difícil de ignorar, crisis de identidad, presión constante por rendir y una necesidad desesperada de demostrar control. Las redes sociales toman lo complejo y lo reducen a publicidad, lo introspectivo lo convierten en estética. Lo que es una reflexión personal hoy se vuelve contenido performativo en vídeos.

Pero no estoy en contra de que se haga el contenido, en el formato que sea, pero que sea fiel al material o que invite al debate o proponer algo nuevo, no venderte “el diario del estoico perfecto” o “los hábitos del estoico perfecto”. El problema es que, en ese proceso, se pierde lo esencial. El estoicismo real no niega la emoción ni exige frialdad. No enseña a reprimir el dolor ni a fingir dureza. Habla de aceptar lo que no depende de uno, de trabajar con lo que sí, y de vivir en calma con la propia conciencia. La vulnerabilidad no es un error; es parte del ejercicio.

Por eso, cuando veo estos contenidos, siento una incomodidad cercana a la indignación. No porque crea ser dueño de la filosofía, sino porque se la vacía de sentido. Seguro debe existir un creador o creadores de contenido que abordan perfectamente el tema, pero son opcados por este marketing. Marco Aurelio escribía para sí mismo, no para construir una marca personal ni vender una imagen de control absoluto.

Si algo puedo aconsejar después de todo esto es no casarse con ninguna filosofía como si fuera una identidad definitiva. Leer, investigar, contrastar, dudar. Tomar lo que sirve y soltar lo que no. Las filosofías existen para ayudarnos a pensar y vivir mejor, no para reemplazar el criterio propio ni para convertirse en un uniforme. Ninguna corriente tiene todas las respuestas, y ninguna debería impedirnos sentir, equivocarnos o cambiar. Al final, más que seguir una filosofía, se trata de construir una relación honesta con uno mismo, usando las ideas como herramientas, no como jaulas.

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