Este no es un espacio para enseñar, convencer o prometer algo mejor.
Nace desde una incomodidad silenciosa, la sensación de que el internet, alguna vez “vivo”, hoy se notan patrones, se repiten temáticas y frases para estar en tendencia, como un montón de gritos que no se escuchan, un mar de letras que nadie lee, solo da un “like”.
Cada vez es más difícil saber si lo que leemos fue escrito por alguien o generado en automático para cumplir una cuota de redes sociales. Mucho de lo que hay que Internet no nace de un sentir, sino de una tendencia o incluso, alguna cuenta automatizada. A eso algunos le llaman el internet muerto, ya no hay interacción humana, todo es automático, publicación y likes en automático, ya no hay interacción humana.
Este proyecto no está en contra del texto digital ni le teme a la tecnología o a la inteligencia artificial. La IA puede escribir, ordenar e imitar, pero no escribe desde una conciencia con vivencias, no duda, no recuerda, no carga con la conciencia y maldición de estar vivo. Puede producir texto, pero no experiencia. Solo debe ser un asistente, el humano debe ser quien tome la decisión.
La imaginación del hombre ha sido la fuente original del texto, plasmando a lo largo de la historia en diversas superficies, desde los muros de las cuevas, pieles animales, hasta llegar a la herramienta revolucionaria, el papel, a esto lo podríamos denominar el Texto 1.0.
Luego, con el auge del internet, nacieron escritos en foros y blogs, donde la escritura era también un diálogo, el Texto 2.0, imperfecto, pero humano. Hoy existen esfuerzos, como los de Internet Archive, por preservar estos vestigios digitales y recordar que hubo algo más que solo velocidad.
Este espacio no busca ser un archivo ni una biblioteca. Aquí, simplemente, escribo. En medio del ruido y la automatización, a este acto consciente de seguir escribiendo desde la experiencia, la duda y el sentir, lo nombro el Texto 3.0. No se trata de una nueva era, un avance tecnológico o una promesa de progreso, sino de una postura, la decisión de mantener el “alma” en el texto, ya sea que se manifieste en papel o en una pantalla.
No busco etiquetas. Escribo desde el sentir, y el sentir no nace con una forma fija. El texto no se define al nacer, es el lector quien decide qué es. Etiquetarlo por mi propia mente sería negarle su naturaleza, porque, como la vida, el destino no está escrito.
Lo que aparece aquí no responde al algoritmo ni a plantillas diseñadas para provocar reacciones rápidas. Son pensamientos, poemas y textos que nacen de lo vivido, lo observado, lo deseado y lo soñado. A veces breves, a veces extensos, a veces claros.
No escribo como experto. Escribo como alguien que observa, duda y sigue viviendo, incluso cuando no sabe del todo cómo nombrar lo que siente. Este espacio existe para eso y nada más, para que el texto humano no pierda su valor en esta era moderna.
Si existe una deidad del texto, que se asome por aquí y decida si esto merece vivir o desaparecer.